En estos días de finales de marzo del 2026, en los que se conmemora la pasión y muerte de Jesús, me recorren multitud de pensamientos contradictorios, al ver las manifestaciones populares, llenas de fervor religioso, en todos los pueblos y ciudades, de la geografía hispana y la realidad política y social mundial.
Recordando, un
poco de historia, me viene un primer significado de la muerte de Jesús para
las autoridades romanas y judías. Hasta el siglo IV, para el poder de Roma y el
judaísmo, la muerte de Jesús, no significó más allá de la muerte de un agitador
y perturbador social y político.
Es ese poder
político, dirigido por los emperadores Constantino y Licinio, en occidente y
oriente, respectivamente, cuando aplican el edicto de tolerancia de Serdica, del emperador Galerio, en el edicto de Milán, 313 d. C., estableciendo la libertad religiosa
y la devolución de sedes de culto y propiedades a los cristianos, cuando esa
muerte empieza a significar, lo que hoy el cristianismo proclama: La muerte y
Resurrección del hijo de Dios, para toda la sociedad.
A partir de
entonces se empieza a generar un órgano de poder político religioso, dentro del
movimiento cristiano, que dominará el mundo occidental, en los sucesivos siglos, hasta
prácticamente el siglo XX.
Las bases que
regirán el poder religioso se fraguan, años más tarde, en el concilio de Nicea,
en el 325, en donde se establecen los dogmas y cánones-20- a establecer en el
seno del cristianismo, los cuales son hoy aceptados por todas las corrientes
cristianas. En su canon 19, se inicia lo que, a posteriori, serán la
eliminación del rol litúrgico, de la mujer, hasta la pérdida de su total
relevancia en actos litúrgicos, en el siglo XII.
El cristianismo pasa, en sus primeros siglos de existencia, de ser un
movimiento social religioso igualitario de acción hacia los demás, a
convertirse en un órgano de poder y de imposición masculina, de persecución y eliminación
de todo lo que no se ajuste a los dogmas impuestos por las elites masculinas
del cristianismo, y un poder político, hasta prácticamente nuestros días.
Por entonces,
muchas de las tradiciones paganas romanas son asimiladas por la iglesia
católica de Roma y convertidas en actos religiosos cristianos; adoración de
santos, procesiones, etc. etc.
Centrándonos
en nuestros actos religiosos actuales, me resulta difícil aceptar el fervor
universal hacia las imágenes que procesionan nuestras calles, no solo en semana
Santa, sino en cualquier fiesta popular de nuestro país, con la realidad que se
vive día a día, con enfrentamientos políticos, asesinatos de mujeres e hijos,
de guerras continuas, en el mundo, de genocidio, y de todo acto inhumano o
racista.
Me pregunto, cómo se puede conjugar el fervor religioso, con actos despiadados de la
sociedad, cómo se puede desear la muerte de conciudadanos y pedir protección a
sus santos o a sus figuras centrales, de sus diferentes religiones.
Los avances
científicos, técnicos y el conocimiento histórico nos permiten conocer el
pasado, vivir un presente e ir forjándose un futuro mejor, pero en ese futuro,
cómo es posible dar cabida a guerras, asesinatos, genocidio, desigualdad entre
hombres y mujeres, entre personas de un mismo país, en justicia, según tu
posición social o política, etc.
Muchas actuaciones políticas actuales, están
fuera de la convivencia social, de un pueblo, un país o continente, en una sociedad avanzada. Por todo esto, me inclino a creer, que el
ser humano, en su mayoría es ignorante, irracional e inhumano, cuando, en el
día a día, se debate entre si apoyo o no una guerra, deja pasar, como si no
fuese real, un genocidio, la aplicación
o creación de leyes injustas, y el mantenimiento de instituciones
ineficaces, dirigidas, por políticos incapaces de imponer, ante tales actos
crueles y abominables, los principios de convivencia racional y humanos, que sociedades avanzadas deberían de proclamar.
Entonces, qué
papel tienen hoy las religiones, si predican la caridad, el bien, la igualdad,
etc. y dejan pasar actos tan crueles como las guerras, los asesinatos
masivos, el genocidio, la esclavitud, por raza, sexo o condición social.
Creo que es
momento de hacer una profunda reflexión ante tanto acto y tanta manifestación
religiosa, llena de fervor, y el no levantar la voz, todos y todas juntas, ante
tanta barbarie y crueldad en el mundo.
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